Francia y Europa deben tomar decisiones que comprometerán su futuro durante mucho tiempo. En este contexto, se impone una pregunta: ¿cómo hacer efectiva la responsabilidad de quienes nos gobiernan? En materia de finanzas públicas, diplomacia y democracia, la ciudadanía tiene derecho a pedir cuentas. Su papel no puede limitarse a votar y después soportar las consecuencias de las decisiones tomadas en su nombre.
Deuda: casi una década en el poder exige un balance
Y no solo eso: los herederos de todos los que nos han endeudado desde Giscard deben devolver ese dinero, porque sus mayores nos han tratado con desprecio. ¿Y ahora debe pagar el PUEBLO? ¡NO!
En el debate que seguí anoche en LCI, se cuestionaba la responsabilidad política de Emmanuel Macron por unos 1,8 billones de euros de deuda, de un total aproximado de 3,5 billones, durante un período presentado como nueve años y medio en el poder. Reproduzco aquí la cifra mencionada en aquella discusión: es necesario precisar su cálculo y las fechas exactas que abarca.
La cifra oficial del INSEE, por su parte, está establecida: en el primer trimestre de 2026, la deuda pública francesa alcanzaba 3.536.100 millones de euros, equivalentes al 117,5 % del producto interior bruto. Fuente: INSEE.
Hay que distinguir entre la deuda acumulada durante una presidencia y la parte directamente atribuible a sus decisiones. Pero esta distinción no puede eximir a Emmanuel Macron, a sus sucesivos gobiernos y a las mayorías que aprobaron sus presupuestos de responder por sus decisiones.
¿Qué gastos se realizaron? ¿Qué ingresos se redujeron? ¿Con qué objetivos, en beneficio de quién y con qué resultados? ¿Qué parte de la deuda permitió proteger a la población o preparar el futuro? ¿Qué parte refleja programas ineficaces o decisiones insuficientemente financiadas?
No todo gasto público es un despilfarro. La escuela, los hospitales, la justicia, la investigación y las infraestructuras necesitan recursos. Por tanto, una política responsable debe examinar tanto la utilidad de los gastos como su cuantía, y analizar los ingresos con la misma atención.
Las crisis vividas deben tenerse en cuenta. Sin embargo, no pueden convertirse en una justificación general que cierre el debate. Gobernar durante casi una década implica asumir el balance de la propia gestión.
Lo que denuncio en los «príncipes de la República» es esa manera de atribuirse los éxitos mientras se diluye la responsabilidad por los fracasos. Debemos exigir evaluaciones independientes, un seguimiento público de los compromisos y rectificaciones cuando los resultados no estén a la altura. Cuando se demuestren conductas indebidas, deben tener las consecuencias previstas por la ley.
Ucrania: las relaciones personales no constituyen una estrategia
Emmanuel Macron recibió a Vladímir Putin en Versalles el 29 de mayo de 2017. El encuentro posterior que reunió a Macron, Putin, Volodímir Zelenski y Angela Merkel tuvo lugar en París el 9 de diciembre de 2019. Se trata de acontecimientos distintos. Fuentes: Versalles en 2017 y cumbre de París en 2019.
Dialogar con otros dirigentes forma parte del trabajo diplomático. Pero las recepciones prestigiosas, los apretones de manos y las muestras de cercanía deben juzgarse por sus resultados. ¿Qué permitieron conseguir? ¿Qué compromisos se respetaron? ¿Qué lecciones se extrajeron de los fracasos?
Esta exigencia se aplica tanto a Vladímir Putin como a Donald Trump. Una relación personal exhibida públicamente no garantiza que se respeten los intereses franceses y europeos. Una diplomacia sólida exige objetivos claros, medios creíbles y capacidad de reacción cuando se incumplen los compromisos.
También hay que examinar con lucidez las capacidades rusas. Sería un error presentar a Rusia como militarmente «fuera de servicio». El SIPRI estima su gasto militar en unos 190.000 millones de dólares en 2025, el tercero más elevado del mundo. Esta cifra no demuestra la eficacia de todo su armamento, pero impide considerar insignificante su poder militar. Fuente: SIPRI.
Combatir la propaganda exige precisamente ese rigor: examinar los hechos, reconocer las incertidumbres y rechazar los relatos que nos tranquilizan a costa de la realidad.
Europa debe poder influir en su futuro
Me preocupa el riesgo de que los europeos tengan que acatar decisiones negociadas entre grandes potencias sin poder influir realmente en ellas. Esta preocupación merece un debate serio; no necesita apoyarse en la afirmación no demostrada de un proyecto conjunto estadounidense y ruso para destruir Europa.
Los intereses de Estados Unidos, Rusia y los países europeos no son los mismos. Europa debe poder defender sus decisiones y disponer, para ello, de suficientes medios industriales, energéticos, económicos y militares.
Esto exige respuestas concretas. ¿Qué producciones queremos controlar? ¿Qué dependencias debemos reducir? ¿Qué inversiones estamos dispuestos a financiar? ¿Cómo garantizar que la ciudadanía pueda supervisar estas orientaciones?
La soberanía se construye mediante decisiones sostenidas en el tiempo. Los discursos no bastan: hacen falta una estrategia, recursos y una responsabilidad claramente asumida ante la población.
Periodistas: llevar las preguntas hasta el final
Los periodistas tienen un papel esencial. Esperamos que confronten a los responsables con sus declaraciones pasadas, verifiquen sus cifras y examinen sus resultados con la misma exigencia, independientemente de su afiliación política.
Los vínculos entre los medios, los intereses económicos y el poder merecen ser examinados. La propiedad de los medios, su financiación y los posibles conflictos de intereses deben ser transparentes. Pero la crítica gana fuerza cuando se refiere a hechos precisos y documentados, en lugar de atribuir las mismas intenciones a toda una profesión.
Cuando se presenta una cifra tan considerable como 1,8 billones de euros, el público debe poder entender su cálculo. Cuando se defienden decisiones presupuestarias, deben examinarse sus costes y sus beneficiarios. Cuando una estrategia diplomática se presenta como un éxito, sus resultados deben demostrarse.
Esta exigencia de seguimiento, más allá de la declaración del día, permite a la ciudadanía formarse su propio criterio.
2027: transformar la indignación en control democrático
Francesas y franceses: criticamos, protestamos y, a veces, nos exaltamos. Pero ¿qué hacemos después con esa indignación? Conozcan la DEMOSCIOCRACIA y decidan si la apoyan o no.
Querer proteger a la familia, el nivel de vida y la tranquilidad es legítimo. Sin embargo, el miedo al cambio también puede llevarnos a perpetuar prácticas cuyas consecuencias denunciamos. Debemos examinar esta contradicción sin menospreciar las preocupaciones de nadie.
De cara a 2027, ningún candidato debería recibir un cheque en blanco. Exijamos programas con costes calculados, compromisos comprensibles y mecanismos precisos de evaluación. Preguntemos cómo se financiarán las propuestas, quién se beneficiará de ellas y qué disyuntivas impondrán.
Sería excesivo anunciar como una certeza que los franceses estarán arruinados en el primer trimestre de 2027. En cambio, debemos debatir desde ahora los riesgos que amenazan nuestro futuro y las formas de reducirlos. La urgencia democrática no necesita una fecha de catástrofe para ser real.
Nuestra responsabilidad ciudadana continúa entre elecciones. Implica informarse, participar en los debates, supervisar los compromisos y estar dispuestos a pedir explicaciones, incluso a los responsables a quienes hemos apoyado.
La exigencia que defiendo es sencilla: toda persona investida de poder público debe explicar sus decisiones, presentar sus resultados y asumir sus consecuencias políticas.
Demos un contenido concreto a esta exigencia: más transparencia, contrapoderes efectivos y una participación ciudadana que influya realmente en las decisiones.
¡VIVA LA DEMOSCIOCRACIA: EL PODER DEL PUEBLO MEDIANTE EL CONOCIMIENTO REAL Y LA INTELIGENCIA, Y NO SIMPLEMENTE EL SABER DE LOS LIBROS!
DEBEN ELEGIR ahora y tomar una decisión sobre su futuro.
Con ese espíritu hago este llamamiento: ciudadanos, recuperemos nuestro lugar en la vida pública. Hagamos de nuestra indignación una fuerza de propuesta y de control. Y no dejemos que los políticos y su administración nos hagan hacerlo todo mientras no responden de nada: NI ELLOS NI SU ADMINISTRACIÓN.
¡VIVA LA DEMOSCIOCRACIA!
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