Traducción del artículo en francés de Jacques Rouchaud
No lo digo yo. Lo dice el propio Gobierno.
El 22 de octubre de 2026, un comunicado de prensa oficial anuncia con orgullo «un avance concreto para los derechos de jubilación de los cargos electos locales». Un decreto, publicado en el Journal officiel el 13 de octubre, les concede un trimestre de jubilación adicional por mandato, hasta tres trimestres: 9 meses de jubilación de regalo.
¿Quién se beneficia? Los alcaldes. Los presidentes y vicepresidentes de departamento, de región, de mancomunidad. Los concejales con delegación. A partir del 1 de enero de 2027, y contando todos sus mandatos anteriores.
Ellos y nosotros
El ministro de Trabajo se atreve a escribir que su compromiso «no debe penalizar los derechos de jubilación».
¿Y el obrero? ¿El campesino? ¿El artesano? ¿La enfermera de noche? ¿El albañil que carga bloques desde hace cuarenta años? Su trabajo sí penaliza su cuerpo, su espalda, su salud. ¿Quién les regala 9 meses? Nadie.
La gente normal tiene que deslomarse hasta los 64 años, e incluso hasta los 67 si le faltan trimestres. Si su cuerpo todavía se lo permite. Los oficios penosos, las espaldas rotas, las rodillas gastadas: nadie les hace ningún regalo. Mientras tanto, los príncipes siguen bien sentados en sus sillones de terciopelo.
Los príncipes ya tienen su sueldo, sus dietas, sus colaboradores, su chófer, su coche oficial. Y ahora, la jubilación de propina. Votada por ellos. Para ellos. Entre ellos.
El dinero del Estado por todas partes
Y eso no es todo. Muchos nunca dejan su sillón: a los 75, 80, a veces 85 años, siguen ahí. Cobran su pensión y, al mismo tiempo, sus dietas de cargo electo. Para ellos, la jubilación no es el fin del trabajo: es un segundo ingreso. El dinero del Estado les llega por todas partes: dietas, gastos, colaboradores, coche, chófer, pensión, y ahora trimestres regalados.
Y cuando el mandato termina, la República amortigua la caída. Un ministro que deja el gobierno conserva su sueldo durante tres meses. Un diputado derrotado cobra una ayuda de retorno al empleo durante un máximo de tres años, empezando por el 100 % de su asignación. El obrero despedido solo tiene France Travail, el servicio público de empleo.
¿Y en la cúspide del Estado?
En la cúspide, es todavía mejor. Un expresidente de la República cobra una dotación vitalicia de unos 5.500 a 6.200 € brutos al mes, sin ninguna condición de edad, desde el final de su mandato. A ello se suman una vivienda oficial, sus gastos de desplazamiento, 7 colaboradores durante 5 años y después 3 colaboradores de por vida.
Emmanuel Macron dejará el Elíseo en 2027, a los 49 años. A la edad en que un obrero todavía tiene quince años de trabajo por delante. En 2019 prometió renunciar a esa «jubilación» de presidente. Veremos si cumple su palabra.
Ventajas permanentes
Durante el mandato: las dietas. Después del mandato: los trimestres regalados. En cada etapa de la vida de un príncipe, la República prevé un pequeño regalo. Y son ustedes quienes pagan la cuenta.
Lo llaman «reconocer el compromiso» y «reforzar el atractivo del mandato». Nosotros lo llamamos privilegios. La Revolución los abolió una noche de agosto de 1789. Han vuelto por la puerta de atrás, decreto tras decreto.
La demosciocracia: las mismas reglas para todos
Servir a su país es un honor, no una inversión. En la demosciocracia, quienes deciden ya no son quienes se sirven. Las mismas reglas de jubilación para el alcalde y para el obrero. Quien se compromete con su territorio lo hace por convicción, no por trimestres de regalo.
¡Basta ya! ¡Vengan en gran número a nuestras filas!
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